martes, 25 de julio de 2017

El milagro de Dunkerque

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México se desangra

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Contra los monumentos al Ché Guevara, por Mises Hispano.

La revista The Economist, con una circulación global de más de un millón y medio de ejemplares semanales, publicó una nota sobre la campaña de la Fundación Internacional Bases “Remuevan los homenaje al ‘Ché’ Guevara”.

Con el título “Antihéroe local – Desafiando el culto al Ché Guevara”, The Economist refleja que la Fundación internacional Bases considera a Guevara como un asesino que no merece monumentos ni homenajes.

“La Fundación Bases”, publica The Economist, “un think-tank liberal de la ciudad de Rosario, ha lanzado una petición para persuadir al Concejo municipal de remover los monumentos. El mártir fue un asesino, afirma Franco López, director del instituto. Guevara fue el segundo de Fidel Castro, cuya revolución mató a más de diez mil personas. ‘Nadie tiene idea de las masacres cometidas durante la revolución’, se lamenta López”.

La nota, escrita por el corresponsal de la revista en Argentina, Jack Aldwinckle, continúa: “Bajo el lema ‘un asesino no merece homenajes estatales’, la Fundación Bases ha producido vídeos para educar a los argentinos y a los rosarinos en particular. Uno de los clips muestra a Guevara prometiendo que los fusilamientos continuarán ‘mientras sea necesario’ en un discurso dado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1964. En otro, un locutor lee la nota de suicidio acusatoria de Reinaldo Arenas, un novelista gay que murió en 1990 tras décadas de persecución del gobierno cubano”.

En el artículo Franco López relata que la intención original de la Fundación Internacional Bases era el de contratar pantallas gigantes en la ciudad de Rosario, pero que los dueños de las mismas se negaron por miedo a posibles actos de vandalismo. The Economist destaca que este posible uso de la violencia seguramente le hubiera encantado al Ché Guevara.

Federico N. Fernández, Presidente de la Fundación Internacional Bases, indicó que “estamos muy orgullosos que una publicación tan prestigiosa como The Economist se haya interesado por nuestro trabajo. Esta campaña contra los monumentos al Ché Guevara no sería posible sin la generosa colaboración de la Oficina Argentina de la Fundación Naumann para la Libertad. Juntos vamos a seguir trabajando para lograr la remoción de los injustos homenajes al Ché”.

La petición a la Municipalidad de Rosario, liderada por la Fundación Internacional Bases y la Fundación Naumann se puede firmar aquí. Ya más de tres mil personas se han sumado.


La Fundación Internacional Bases tiene sede en Rosario (Argentina) y otras cinco ciudades en tres continentes. Para más información, visitar http://ift.tt/2tz8GRB

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Revista austriaca de prensa: 25-VII-2017, por Mises Hispano.

  • Hernán González Rodríguez menciona a Randall Holcombe, del Mises Institute, en su artículo en El Colombiano.
  • Mención a Hayek y Mises por Germán Fermo en El Cronista.
  • Juan Velarde menciona a Hayek en El Economista.

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La ‘ciencia’ de la libertad, por Mises Hispano.

Atlas_statue_at_High_Point_University.jpg[Extraído del prólogo a Egalitarianism as a Revolt Against Nature, 1974. Publicado en The Rothbard Reader]

Probablemente la pregunta más común que me han lanzado (con cierta exasperación) a lo largo de los años sea: “¿Por qué no te atienes a la economía?” Por distintas razones, me han arrojado esta pregunta mis colegas economistas y pensadores y activistas políticos de convicciones muy diferentes: Conservadores, liberales y libertarios que han estado en desacuerdo conmigo sobre doctrina política y a los que les molesta que un economista se aventure “fuera de su disciplina”.

Entre los economistas, una pregunta así es un triste reflejo de la hiperespecialización entre intelectuales de la época presente. Creo manifiestamente cierto que muy pocos, incluso entre los técnicos económicos más fervientes, empezaron a interesarse por la economía porque estuvieran fascinados por curvas de costes, clases de indiferencia y el resto de la parafernalia de la teoría económica moderna. Casi sin excepción, se interesarían por la economía porque estarían interesados en los problemas sociales y políticos y porque se darían cuenta de que los problemas políticos realmente difíciles no pueden resolverse sin un conocimiento de la economía. Después de todo, si hubieran estado realmente interesados principalmente en ecuaciones y tangentes en gráficos, se habrían convertido en matemáticos profesionales y no habrían dedicado sus energías a una teoría económica que es, en el mejor de los casos, una aplicación de tercer grado de la matemática. Por desgracia, lo que ocurre habitualmente con esta gente es que al ir aprendiendo la estructura menudo imponente y el aparato de la teoría económica quedan tan fascinados los detalles técnicos que pierden de vista los problemas políticos y sociales que habían atraído su interés. Esta fascinación se ve también reforzada por la estructura económica de la propia profesión económica (y de todas las demás profesiones académicas): me refiero a que el prestigio, las recompensas y los puntos extra no se obtienen ponderando los grandes problemas, sino ajustándose a su estrecho campo y convirtiéndose en experto relevante sobre un problema técnico insignificante.

Entre algunos economistas, este síndrome ha llegado tan lejos que desdeñan cualquier atención a los problemas político-económicos como una impureza degradante y a limpiar, incluso cuando dicha atención la conceden economistas que han dejado su huella en el mundo de la técnica especializada. E incluso entre aquellos economistas que tratan con problemas políticos, cualquier consideración dedicada a asuntos extraeconómicos más importantes como los derechos de propiedad, la naturaleza del gobierno y la importancia de la justicia es desdeñada como algo totalmente “metafísico” y fuera de lugar.

Sin embargo no es casualidad que los economistas de este siglo con la visión más amplia y las ideas más claras, hombres como Ludwig von Mises, Frank H. Knight y F.A. Hayek, llegaran pronto a la conclusión de que el dominio de la teoría económica pura no bastaba y de que era vital explorar problemas relacionados y fundamentales de filosofía, teoría política e historia. En particular, se dieron cuenta de que era posible y esencialmente importante construir una teoría sistemática más amplia que abarcara la acción humana en su conjunto, en la que la economía podría tomar su lugar como una parte coherente pero subsidiaria.

En mi propio caso particular, el principal foco de mi interés y mis escritos a lo largo de las últimas tres décadas ha sido una parte de esta aproximación más amplia (libertarismo): la disciplina de la libertad. Pues he llegado a creer que el libertarismo es realmente una disciplina, una “ciencia” si queréis llamarla así, por sí misma, aunque apenas se haya desarrollado a lo largo de las generaciones. El libertarismo es una disciplina nueva y emergente que tocan muchas otras áreas de estudio de la acción humana: economía, filosofía, teoría política, historia, incluso (aunque no en último lugar) biología. Pues todas estas proporcionan de diversas maneras la base de trabajo, la elaboración y la  aplicación del libertarismo. Tal vez algún día la libertad y los “estudios libertarios” sean reconocidos como una parte independiente, aunque relacionada, del currículum académico.


El artículo original se encuentra aquí.

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Las manifestaciones pacifistas contra la deserción de Obama, por Mises Hispano.

warprotest.PNG[Publicado originalmente por la Future of Freedom Foundation]

Barack Obama hizo campaña por la presidencia en 2008 como un candidato pacifista. Señalaba que cambiaría radicalmente el rumbo de Estados Unidos después de la despiadada carnicería desatada por la administración de George W. Bush. Sin embargo, al acabar la presidencia de Obama, Estados Unidos estaba bombardeando siete naciones extranjeras distintas.

Pero el belicismo de Obama raramente incitaba las manifestaciones o la oposición que generaba la administración Bush. ¿Por qué tantos activistas contra la guerra de la época de Bush abandonado la causa después de que Obama asumiera el cargo?

Una explicación es que los medios de comunicación restaron importancia a los asesinatos de Obama en el exterior. Obama fue nominado al premio Nobel de la paz menos de doce días después de asumir el cargo, y no debido a algo que hubiera logrado, sino debido a los sentimientos que había expresado. Poco después de aceptar el premio de la paz, anunció que aumentaría enormemente el número de tropas estadounidenses en Afganistán. Muchos de los medios de comunicación informaron de la apuesta de Obama como si fuera simplemente una campaña militar pensada para garantizar que se respetaran los derechos los derechos de las mujeres afganas. El hecho de que más de 2000 soldados estadounidenses murieran en Afganistán bajo el mandato de Obama recibió mucha menos atención la prensa que las bajas de la guerra de Irak de Bush.

A principios de 2011, levantamientos populares en varias naciones árabes generaron una esperanza en que la democracia florecería pronto en el norte de África y buena parte de Oriente Medio. Las manifestaciones violentas en Libia pronto amenazaron el veterano régimen del dictador Muammar el Gadafi, que se había convertido en aliado y defensor de EEUU en años recientes. La secretaría de estado Hillary Clinton y otros asesores convencieron a Obama para que interviniera por la fuerza en lo que parecía ser una guerra civil.

En marzo de 2011, Obama dijo los estadounidenses que “los valores democráticos que defendemos se verían desbordados” si Estados Unidos no se uniera al ataque francés y británico al gobierno libio. Obama declaró que un objetivo del ataque de EEUU era “la transición hacia un gobierno legítimo que fuera receptivo al pueblo libio”. Gaddafi, que se enfrentaba a levantamientos en toda la nación, envió a Obama un mensaje personal: “Como usted sabe muy bien, la democracia y la construcción de una sociedad civil no puede lograrse por medio de misiles y aviones o respaldando a miembros armados de al-Qaeda en Bengasi”.

Incluso antes de que Estados Unidos empezara a bombardear Libia, no había ninguna razón seria para esperar que derrocar a Gadafi generara un triunfo de la soberanía popular. Algunos de los grupos rebeldes habían estado degollando civiles: africanos de color a quienes Gadafi había traído a Libia como trabajadores invitados fueron especialmente objeto de masacres. Algunos de los opositores más peligrosos de Gadafi eran grupos a los que estados unidos había calificado oficialmente como terroristas.

Obama decidió que llevar la democracia a Libia era más importante que obedecer a la ley de EEUU. La Ley de Poderes de Guerra, aprobada por el Congreso en 1973 en los días de declive de la Guerra de Vietnam, obliga a los presidentes a terminar los ataques militares en el exterior después de 60 días, salvo que el Congreso apruebe específicamente la intervención. Inmediatamente después de que comenzaran los bombardeos, la secretaria de estado Clinton declaró durante una reunión secreta con miembros del Congreso que “la Casa Blanca continuaría con las acciones militares en Libia incluso si el Congreso aprobara una resolución que limitara la misión”. Recordando a la administración Bush, la administración Obama indicó que las limitaciones del congreso serían “un al ataque inconstitucional al poder ejecutivo”.

Según la Oficina del Consejo Legal del Departamento de Justicia, Obama “tenía la autoridad constitucional” para atacar Libia “porque podía determinar razonablemente que dicho uso de la fuerza era de interés nacional”. Aparentemente, mientras que los asesores presidenciales concluyan que atacar extranjeros que es en EEUU “de interés nacional” la belicosidad del presidente tiene pase (al menos de acuerdo con sus abogados). Los profesores de Yale, Bruce Ackerman y Oona Hathaway lamentaron que “la historia dirá que la Ley de Poderes de Guerra estaba condenada a una muerte tranquila por un presidente que había jurado solemnemente durante la campaña acabar con las guerras indiscriminadas”.

El ataque de EEUU a Libia no provocó prácticamente ninguna manifestación en toda la nación. Después de que muriera Gadafi, la secretaria Clinton se reía durante una entrevista en televisión celebrando su eliminación: “Venimos, vivos, murió”. Pero los misiles y bombas de EEUU dejaron caos, no libertad. Cinco años después, cuando se le preguntó cuál fue el peor error de su presidencia, Obama replicó: “Probablemente no planificar el día después de lo que pensaba que era lo correcto al intervenir en Libia”.

Siria

En 2013, Obama decidió atacar el régimen sirio de Bashar al-Asad. El equipo de Obama alegaba que el régimen de Asad había lanzado un ataque con armas químicas contra civiles sirios.

Un titular de primera página del Washington Post restallaba: “Hay pruebas a mano contra Asad”. Pero esa mano permanecía oculta. En un programa de debate del domingo, el jefe de personal de la Casa Blanca, Denis McDonough, admitía que a la administración le faltaban evidencias “más allá de cualquier duda razonable” que demostraran que el régimen sirio hubiera llevado a cabo el ataque con gas. Pero McDonough afirmaba: “La prueba de sentido común dice que [Assad] es responsable de esto. Debería considerársele como responsable”. Los cargos de la administración Obama también insistían en que atacar a Siria estimularía la “credibilidad” estadounidense. Pero salvo que la “credibilidad” se defina únicamente como garantizar al mundo que el presidente de Estados Unidos puede matar a extranjeros a capricho, es un mal alegato. Este tipo de credibilidad es más apropiada para una pelea de borrachos en un bar que para las relaciones internacionales.

La administración nunca proporcionó evidencias sólidas para respaldar su afirmación. Incluso el aliado de Obama, el senador Tom Harkin (D-Iowa), calificó a las evidencias presentadas en una reunión secreta en el Capitolio como “circunstanciales”. El representante Justin Amash (R-Mich.) comentó: “Las evidencias no son tan fuertes como decían las declaraciones públicas que han realizado el presidente y la administración. Hay algunas cosas que se han adornado en las declaraciones públicas. Las reuniones [secretas] en realidad me han hecho más escéptico acerca de la situación”.

Tratando de atraer a la nación detrás de su causa, Obama pidió en el Congreso que le autorizaron a bombardear Siria. Pero el pueblo estadounidense tenía pocas ganas de otra aventura del exterior. Hubo unas pocas manifestaciones, incluyendo una fuera de la Casa Blanca en el sábalo en el que se esperaba que Obama anunciara que había comenzado los bombardeos. Estuve allí ese día, junto con unos pocos conservadores y libertarios que se oponían a otra guerra. La manifestación fue un poco anémica hasta que llegó desde Baltimore una pareja de autobuses llenos de activistas de la Coalición ANSWER. Tenían grandes pancartas (“Bombardear a siria no protege al pueblo, lo mata”) y marchaban y cantaban al unísono mejor que la mayoría de las bandas de los institutos. La policía de parques de EEUU no estaba contenta con la manifestación y cargó con sus caballos hasta la mitad del grupo. Llegó la policía federal y amenazó con arrestar a cualquiera que no se fueran de la calle detrás de la Casa Blanca. Se realizaron unos pocos arrestos y la multitud se dispersó.

Pero cuando Obama realizó su discurso en la radio a la nación esa tarde podían oírse al fondo los cantos de la manifestación. Obama anunciaba que estaba retrasando una decisión sobre los bombardeos.

Sin embargo, en el verano de 2014, el grupo terrorista ISIS emitió imágenes de la decapitación de rehenes. Eso proporcionó cobertura suficiente para Obama como para empezar a bombardear a ese grupo… y a otros objetivos en Siria. Los medios desempeñaron su habitual papel de perros falderos. Un titular del Washington Post proclamaba: “Obama, el guerrero reticente, vende con cautela un nuevo combate”. ¿Así que se supone que tenemos que pensar que el presidente es víctima de una cruel necesidad o qué? Un titular del New York Times anunciaba: “En los ataques aéreos, EEUU tiene como objetivo células militares preparando presuntamente un ataque contra occidente”. “Presuntamente” es la palabra perfecta, tal vez suficiente como para no alertar a lectores con cerebro de que puede que falte algo (por ejemplo, evidencias). A mediados de 2016, la administración Obama había dejado caer casi 50.000 bombas sobre las fuerzas del ISIS (o civiles de los que se sospechaba erróneamente que eran combatientes del ISIS) en Siria e Irak. Un artículo de setiembre de 2016 de Daily Beast señalaba: “En enero, el Pentágono admitió haber bombardeado a civiles en al menos 14 ocasiones distintas. En julio, un ataque aéreo erróneo en el norte de Siria mató a más de 60 personas”.

Obama actuaba como se estuviera haciendo el trabajo de Dios bombardeando de nuevo Oriente Medio. Pero los supuestos beneficiarios no estaban convencidos. En vísperas de las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016, la periodista independiente Rania Khalek (que estaba visitando Siria) tuiteaba: “He estado preguntando a los sirios quién quieren que gane la presidencia. La gran mayoría dice que Trump, porque creen que es menos probable que les bombardee”. La retórica presidencial no fue compensación suficiente para las vidas y hogares que se destruirían por las mayores matanzas que la candidata demócrata Hillary Clinton parecía prometer.

¿Contra la guerra o contra los republicanos?

Miles de extranjeros inocentes murieron por los bombardeos y ataques con drones de EEUU durante la administración Obama. En su discurso del estado de la Unión de 2016, Obama se burlaba de “reclamaciones para hacer bombardeos de alfombra contra los civiles”. Tal vez consideraba mucho más prudente reventar en su lugar fiestas de boda (como ocurrió durante su reinado en Yemen y Afganistán). Mientras los portavoces de la Casa Blanca o el Pentágono anunciaban que Estados Unidos estaba usando “bombardeos de precisión” la polémica en los medios sobre las víctimas inocentes se limitaba, si no se evitaba completamente.

¿Por qué Obama sufrió mucha menos oposición que George W. Bush? El columnista de Salon, David Sirota, resumía un estudio académico publicado en 2013: “evaluando encuestas de más de 5.300 manifestantes contra la guerra de 2007 a 2009, los investigadores descubrieron que muchos manifestantes que ese autoidentificaban como demócratas ‘abandonaron las manifestaciones contra la guerra cuando el Partido Demócrata logró el éxito electoral’ en las elecciones presidenciales de 2008”.

Sirota señalaba que los investigadores concluían que “durante los años de Bush, muchos demócratas no estaban necesariamente motivados para participar en el movimiento pacifista porque se opusieran al militarismo y la guerra, más bien estaban ‘motivados para participar por sentimientos contra los republicanos’”.

Ha habido multitud de fuertes críticas al belicismo de Estados Unidos en años recientes, incluyendo Antiwar.com, la Future of Freedom Foundation, Ron Paul, el Instituto Mises y algunos progresistas e izquierdistas con principios como CounterPunch y Glenn Greenwald y The Intercept. Pero, en general, el foco de los medios de comunicación raramente se pone sobre las carnicerías de EEUU en el exterior en el grado en que se hacía en tiempos anteriores. Tal vez el movimiento contra la guerra se reavive si Donald Trump empieza a bombardear nuevas naciones extranjeras. Pero está claro que demasiados estadounidenses no han aprendido todavía lo absurdo que es “mata primera los extranjeros, pregunta después”.


El artículo original se encuentra aquí.

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lunes, 24 de julio de 2017

Las vidas paralelas de Cataluña y Padania

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