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MInarquia. Aquí se difunden ideas liberales y libertarias. Menos estado es más prosperidad.
Un tweet algo tajante (típico de Twitter) me hizo preguntarme, por enésima vez en la vida, qué distingue al hombre de los otros seres vivos y, además, si acaso los derechos se fundan en la capacidad para sentir. La distinción del hombre desde otros seres vivos es un asunto en el que me he detenido a pensar, no muy comprometidamente por cierto, desde la adolescencia. Recuerdo que, mientras aún asistía al liceo, el profesor Fernando Henríquez nos transmitió la opinión (no suya) de que el rasgo más distintivo del hombre con respecto a otros seres vivos sería el dominio del fuego. Cuando ya estaba en la universidad, leí a Charles Hockett y aprendí que el lenguaje es una capacidad exclusivamente humana cuyos rasgos no se replican juntos en ningún otro sistema de comunicación y que ningún otro ser vivo comparte. También estaba en la universidad cuando leí el artículo de Miguel Ángel Pozo sobre neuroimagen funcional en la Revista de Occidente en el cual destaca el hecho de que la corteza prefrontal del hombre parece desmedidamente desarrollada en comparación con otros seres vivos. Por último, Hannah Arendt acentúa la capacidad del hombre para actuar y hablar de forma individual dentro del mundo que ha construido con sus propias manos: a ella también la leí mientras cursaba el pregrado. Así que he sintetizado apresuradamente cuatro rasgos típicos del hombre que lo distinguen de los otros seres vivos: el dominio del fuego, la capacidad lingüística, una corteza prefrontal grande y la acción y discurso individuales.
Según la autora del tweet, el feto no es persona hasta cuando se forma su sistema nervioso. Imagino que quiso decir embrión en lugar de feto. La autora parece distinguir, no obstante, entre humano y persona: luce como una distinción atractiva, pero no la abordaré ahora. Me limitaré a hacer la observación, no obstante, de que las personas tenemos una dimensión biológica, pero esta no es la que nos define como personas.
¿Y entonces por qué resulta importante la distinción entre el hombre y otros seres vivos? Porque la autora del tweet establece una conexión entre la capacidad para sentir del embrión o feto y su derecho a la vida: un argumento típicamente animalista, como puede leerse en el ensayo «The Rights of Animals: A Very Short Primer», por Cass Sunstein (2002).
En vista de este argumento, puede admitirse sin problemas que hombres y animales son diferentes: esto no afecta la definición de los sujetos de derecho propuesta por los animalistas. Según ellos, los sujetos de derecho son todos aquellos capaces de sufrir, independientemente de que tengan condición humana o no. Y este razonamiento, pues, me asombra bastante. De inmediato me pregunto cuál es la conexión lógica entre la capacidad de sufrir y un derecho, puesto que no se me hace evidente a primera vista. Si admitimos que el derecho es el miembro determinado (t) de un sintagma jurídico, no habré avanzado mucho: necesito moverme más allá del nivel estructural. Empezaré por reconocer, no obstante, que la tortura de un elefante (por ejemplo) sí parece corresponder, estructuralmente al menos, con la vulneración de un derecho.
Considerando lo que explica Alan Gewirth en «The Epistemology of Human Rights» (Social Philosophy and Policy 1[2]: 1-24), solamente los agentes morales pueden ser sujetos de derecho, puesto que ellos tienen propósitos. En palabras de Gewirth, «all* prospective purposive agents have rights to freedom and well-being» (1984: 17) en vista de que persiguen un propósito que consideran bueno. Los agentes amorales carecen de este rasgo y, por lo tanto, no pueden ser sujetos de derecho de acuerdo con Gewirth. Esta consideración moral deja fuera del mapa jurídico a los animales. No obstante, como dije, al menos hay una apariencia estructural de legitimidad en las afirmaciones de los animalistas y analizaré esta incongruencia a continuación.
Sospecho, para empezar, que quienes defienden que los animales tienen derechos estén confundiendo su propia compasión con el derecho del animal. Si vemos, por ejemplo, que un animal (especialmente un mamífero) está siendo torturado, con o sin un propósito, por alguna persona, posiblemente nos conmiseraremos de este animal a causa de que vemos que expresa físicamente su dolor con movimientos bruscos y con gritos o gemidos. Esta observación nos hace establecer un paralelo con el animal torturado, puesto que nosotros reaccionaríamos de la misma manera, y despierta en nosotros un amor hacia el animal y un consecuente dolor por causa del sufrimiento de este ser vivo parecido a nosotros. Creo que así lo consideraría Spinoza al menos. Entonces, cuando demandamos que el animal deje de ser torturado, no estamos apelando realmente al derecho que pudiere tener el animal de no sufrir, sino a la satisfacción de la compasión que este animal ha despertado en nosotros. Se trata, pues, de una acción sumamente egoísta y desconsiderada con el derecho de propiedad del dueño del animal.
Aparte de la equiparación anterior entre el animal torturado y el sujeto que lo compadece, existe otro paralelismo que hace creer a los animalistas que los derechos son derivados desde la capacidad de sufrir (o desde el sufrimiento mismo). Nosotros somos sujetos de derecho todo el tiempo, pero hay aspectos específicos de esta condición que no notamos de forma consciente sino hasta cuando son vulnerados por un tercero. Es posible, por ejemplo, que no hayamos notado nuestro derecho de transitar libremente por la calle antes de que un grupo de encapuchados o de camioneros obstruyera nuestra vía mientras acompañábamos a un familiar en la ambulancia: ¿cómo se nos iba a ocurrir siquiera que alguien intentaría atropellar alguna vez este aspecto de nuestra libertad personal? De la misma manera, es posible que tampoco notásemos la similitud que guardamos con el animal sufriente hasta cuando lo vimos tristemente torturado. Hay una evidente equiparación metodológica en la manera de tomar conciencia tanto de un aspecto del derecho cuando de nuestra similitud con otro ser vivo. Pero esto no significa, por supuesto, que derecho y capacidad de sufrir sean equiparables o intercambiables (más allá del aspecto metodológico para hacernos conscientes de ellos).
Existe, por supuesto, una identificación del sujeto con el animal y una equiparación estructural del derecho con la capacidad de sufrir, pero estos fenómenos no nos conducen a la conclusión de que los animales tienen derechos. De hecho, nos dejan en el mismo lugar hasta donde ya nos llevó Gewirth: que los derechos son propios de agentes morales que persiguen lo que consideran bueno.
Si nos duele ver a un animal torturado, podemos: 1) expresarle nuestro dolor a quien maltrata al animal o 2) ofrecer la compra del animal. No podemos, sin embargo, obstruir al torturador si este es el dueño. Lo podríamos hacer como un acto de legítima defensa (sobre el derecho de propiedad) si sospechamos que quien maltrata al animal no es su legítimo dueño.
Me siento abierto o inclinado a creer que de verdad los animales pueden ser depositarios de algún derecho, pero no he logrado encontrar hasta ahora alguna justificación lógica y razonable para afirmarlo. De momento, solamente he descubierto que la relación entre derecho y capacidad de sufrir es engañosa y no «crea» derechos en ningún ser vivo.
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La semana pasada, el fundador y CEO de Amazon.com, Jeff Bezos, sobrepasó a Warren Buffet para convertirse en el segundo hombre más rico del mundo. Su patrimonio neto se estima ahora en 75.600 millones de dólares. Si Amazon continúa su tendencia al alza, Bezos no tardará en sobrepasar al gigante del software como el hombre más rico del planeta.
Cada vez que alguien genera titulares por su riqueza, se produce la previsible protesta contra ello. “Los ricos se hacen más ricos, mientras que los pobres se hacen más pobres” dice la máxima común de la izquierda. Pero Jeff Bezos demuestra que cuando los ricos se hacen más ricos (fuera del ámbito de los trapicheos del gobierno) es haciendo a todos también más ricos. Eso es exactamente lo que ha hecho Amazon.
Amazon.com abrió sus puertas en 1995. Empezó como una tienda de libros en línea, iniciando la decadencia de los vendedores de libros años antes de la invención del lector electrónico, pero la empresa no tardó mucho en expandirse a cualquier producto enviable que pudiera vender. Pero el éxito de esta empresa no se produjo de la noche a la mañana. Por muy difícil que sea imaginarlo hoy, el gigante de internet no consiguió beneficios hasta seis años después. Esto significa seis años de funcionar con números rojos, mientras continuaba pagando los salarios cada dos semanas solo para continuar funcionando.
Pero, por supuesto, Amazon acabó despegando. Desde 2001, el primer año en que Amazon obtuvo ganancias, se ha convertido en una de las empresas más grandes del planeta y con mucho en el mayor centro de compras en línea. E hizo esto ofreciendo más bienes a la gente de todo el mundo a precios más baratos de los que podían encontrar en las tiendas.
A los vendedores en tiendas físicas comprensiblemente no les gusta el sitio web. Cuando quebró Circuit City en 2008, a muchos les pareció que Best Buy tenía por delante un futuro brillante como el único vendedor de electrónica que había sobrevivido a la recesión. Pero Amazon llenó tan bien el hueco dejado por Circuit City que Best Buy, después de remplazar a su CEO tras varios años mediocres, empezó a igualar los precios de Amazon en sus tiendas. La mayoría de los grandes vendedores le han seguido.
Aquí reside la belleza de la compra en línea. Tiendas de Internet como Amazon han ofrecido arbitraje instantáneo a los consumidores. Con mi smartphone, puedo verificar los precios de cualquier bien que estoy pensando comprar sin siquiera abandonar la tienda. En los tiempos de compra antes de Internet, si algo era más barato en Oregón que en Florida, simplemente era mala suerte para los habitantes de Florida. Ahora, los precios más bajos del país están a un clic de distancia.
Estas innovaciones han sido dolorosas para los vendedores, pero han sido buenas para el resto de nosotros. Y esta competencia ha significado que cualquier vendedor que no quiera sufrir el mismo destino que Circuit City o Borders deba competir para mantenerse vivo. Esto se traduce en precios más bajos, una mayor variedad de bienes y mejor servicio.
Amazon además nos ofrece otra lección de economía. Ninguna otra gran empresa demuestra mejor la brillantez de la extensión del comercio. Antes de esta revolución, incluso aunque los productos se podían enviar se a través de líneas estatales o importarse, los consumidores seguían a merced de lo que tenían disponibles los vendedores locales. Amazon, junto a los miles de otras tiendas de Internet que le han seguido, han extendido en la práctica el alcance del consumidor para acceder a más productos y mejores precios donde la distancia habría sido anteriormente un obstáculo insuperable.
Esta lección es particularmente relevante a la vista del debate actual sobre el comercio internacional. Todo lo que se habla sobre aranceles y cuotas es en realidad una estrategia para invertir los tipos de beneficios que empresas como Amazon confieren a los consumidores. Para expandir el acceso a los bienes, Amazon hace que sufran los vendedores tradicionales como Wal-Mart, pero solo beneficiando a los pobres y las clases medias. Las restricciones al comercio internacional para proteger a la industria nacional no serían distintas que el gobierno tomando medidas contra Amazon para proteger a los vendedores físicos.
Amazon ha aumentado en la práctica los niveles de vida de todos los seres humanos en todos los países en los que tienen presencia. Incluso la gente que no puede comprar en línea puede beneficiarse de la mayor competencia y presión por precios más bajos. Jeff Bezos ahora rivaliza con Bill Gates por el título de hombre más rico del mundo, pero solo después de décadas haciendo a todos los demás un poco más ricos.
El artículo original se encuentra aquí.
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from Fernando Díaz Villanueva https://www.youtube.com/watch?v=StCUTS8QXRw
from Fernando Díaz Villanueva https://www.youtube.com/watch?v=XmPwyx_Rn9Y
Las mujeres en el mundo laboral nos vemos constantemente bombardeadas con retórica que pretende hacer que nos sentamos menos apreciadas que nuestros colegas masculinos. A los políticos y las celebridades de Hollywood (muchos de las cuales nunca han trabajado un solo día en una oficina tradicional) parece gustarles mucho decir a las mujeres que somos víctimas de una supuesta diferencia salarial de género.
Afirmando que la mujer trabajadora actual gana solo 78 centavos por cada dólar ganado por un hombre, personalidades de alto nivel, desde la comediante Sarah Silverman al expresidente Barack Obama, han perpetuado este mito y lo han usado para avanzar en su propio programa: más control público sobre los salarios.
Por desgracia para estos cruzados de los salarios, cuando los datos se examinan con más detalle lo que encontramos no es necesariamente una diferencia salarial, sino lo que podría describirse más apropiadamente como una diferencia de “preferencias”, que existe debido a las decisiones personales en lugar de al género.
Es verdad que si sumáramos los salarios de todos los hombres trabajadores en el país y luego los comparáramos con la media de los salarios combinados de todas las mujeres trabajadoras, indudablemente se presentaría una diferencia salarial. Sin embargo, esta estadística no cuenta toda la historia.
La diferencia salarial de género no tiene en cuenta ningún otro factor aparte del género y las ganancias salariales. Por ejemplo, no tiene en consideración que cada persona, independientemente de su género, se mueve por una serie propia de incentivos. Por contrario, supone que los salarios son lo más importante para todos los trabajadores estadounidenses.
El comportamiento humano no es una ciencia predecible. Nunca podemos saber con seguridad qué impulsa otra persona a tomar sus decisiones, pero las propias decisiones pueden decirnos qué valora más una persona.
Habiendo dedicado su carrera a entender la diferencia salarial de género, la economista Claudia Goldin descubrió que en los primeros años de desarrollo profesional no había prácticamente ninguna diferencia salarial entre hombres y mujeres trabajando en el mismo campo. De hecho, cuando comparaba colegas masculinos y femeninos con currículos e intelectos casi idénticos, existía una diferencia salarial menor del 1%.
Sin embargo, con el paso del tiempo esta diferencia acaba aumentando, ya que algunas de estas mujeres trabajadoras empiezan a tomar la decisión de casarse y tener hijos. Una vez estas mujeres deciden asumir más responsabilidades de cuidado del hogar, la flexibilidad empieza a imponerse a la oportunidad de obtener salarios más altos. En otras palabras, sus prioridades cambian.
En lugar de buscar una promoción, que a menudo significa más responsabilidad y más tiempo a pasar en la oficina, muchas mujeres con responsabilidades en el hogar han elegido en su lugar aceptar un salario más bajo a cambio del beneficio de tener más tiempo fuera de la oficina.
La decisión una mujer de aceptar salarios más bajos a cambio de una mayor flexibilidad no significa que es su empresario le haya atribuido menos valor a su trabajo debido a su género. Más bien muestra que para muchas empleadas la flexibilidad vale más que tener un mayor salario y más responsabilidades en la empresa. Es una manifestación de elección y acción humana.
Cuanto las filtraciones de Sony de 2014 revelaron que la actriz de Hollywood Jennifer Lawrence había ganado menos dinero que los demás protagonistas masculinos en la película La gran estafa americana, Hollywood enfureció y reclamó que el gobierno ayudar a acabar una diferencia salarial de género.
La actriz Robin Wright siguió una estrategia distinta en este asunto, tomando sus propias medidas. En el momento de negociar su salario para la siguiente temporada de House of Cards, Wright fue a la reunión para negociar su contrato preparada para demostrar su valor. Amparada en datos que demostraban la creciente popularidad de su personaje entre los televidentes, reclamó que se le pagara tanto como al protagonista masculino Kevin Spacey. Una vez presentado su alegato, sus demandas fueron atendidas y se le pagó de acuerdo con ello.
Para Wright, plantar cara valía la pena a la hora de soportar potencialmente el proceso de negociación si significaba recibir salarios más altos. Sin embargo, no todas las actrices valoran una mayor ganancia por encima de la gravosa lucha de las negociaciones salariales.
Cuando se le preguntó acerca de cómo se sentía por haber recibido menos que los protagonistas masculinos, Lawrence admitió que la discrepancia de salarios era en buena parte resultado de su propia falta de voluntad para negociar un salario mayor. Al ganar ya millones en dos franquicias cinematográficas de éxito, Lawrence no deseaba realizar negociaciones cuando realmente no necesitaba ni quería más dinero. En resumen, valoraba la comodidad por encima de una mayor ganancia y eligió acabar pronto con el proceso de negociación.
La teoría de la diferencia salarial de género se basa en una estadística que trata de obtener una conclusión muy determinada a partir de una serie de datos muy amplia. Como individuos, a cada uno nos motiva un sistema único de valores que nos ayuda a tomar miles de decisiones cada día. Reducir la decisión de cada persona al género de dicha persona no solo es insultante, también olvida completamente la importancia de la acción humana.
El artículo original se encuentra aquí.
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