martes, 28 de noviembre de 2017

El paraíso renovable y los vehículos eléctricos

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BEN SHAPIRO LE DIO CON TODO: “El socialismo es un sistema inmoral, discriminatorio y asqueroso”




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JOAN LÓPEZ ALEGRE: Ningún nacionalista está dispuesto a entender que está equivocado




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Revista austriaca de prensa: 28-XI-2017, por Mises Hispano.

  • Emilio Martínez Cardona menciona Hayek en Eju!
  • Fredy Cante cita a Bastiat en La Silla Vacía.
  • Vanessa Kaiser menciona a Hayek en El Líbero.

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lunes, 27 de noviembre de 2017

No mezclemos política con ciencia del clima, por Mises Hispano.

El entorno libertario ampliamente entendido ha publicado últimamente una multitud de artículos muy elocuentes acerca de cómo aproximarse al tema del calentamiento global, qué pensar acerca de la “ciencia establecida” y si hay que ser “agnóstico” o no. Estos materiales, aunque estén bien escritos, no ven el núcleo del método científico, lo que es comprensible ya que sus autores se han dedicado a un tipo distinto de ciencia, es decir, la ciencia social. Sin embargo, la palabra “agnóstico” aquí no se ajusta bien. Solo se puede ser “agnóstico” frente a lo incomprobable. Pero podemos comprobar la temperatura en la que se congela el agua, podemos comprobar cómo afectan al cuerpo humano los venenos y podemos comprobar cómo afecta la radiación solar a ciertas capas de la atmósfera. Todos estos resultados se verifican necesariamente por la misma naturaleza. No dejan espacio para ni siquiera el más sutil “pulido” de los resultados, de forma que se ajusten a la suposición. Y si lo que dicen los climatólogos parece dejar una impresión distinta, se debe, o bien a las imperfecciones del lenguaje humano, o bien al hecho de que, tristemente, ya tienden a incorporar programas políticos en sus comentarios científicos. Señalemos, sin embargo, que el isótopo carbono 12C es una estructura demasiado primitiva como para conspirar por el socialismo mundial. (La relación entre el 12C y el 13C en la atmósfera sirve como argumento geoquímico para el calentamiento global antropogénico).

Por desgracia, como el calentamiento global sirve al gobierno como justificación para sus planes de un mayor control de la sociedad, estamos condenados a mezclar política y ciencia donde nunca deberían mezclarse. Este puede ser uno de los síntomas del declinante nivel de las discusiones públicas. También por desgracia, la reacción en la que nos revelamos contra nuestras ideas preconcebidas es perfectamente natural. Sin embargo, aquí está ligada con la dificultad de distinguir entre información científica y creencias políticas. La pregunta “¿qué está pasando?” es distinta a “¿qué debería hacerse?”. Si proporciono un argumento geoquímico para el calentamiento global artificial, esto no significa automáticamente que sea una intervencionista. Después de todo, un montón de la investigación básica sobre la física atmosférica moderna tiene 200 años, pero a la física no se le acusa de parcialidad, pues entonces ningún gobierno estaba tratando de usarla como pretexto para una política pública.

La magnitud de las emociones ligadas con este tema no es sorprendente dado que puede afectar a toda la humanidad en un plazo relativamente corto. Tengo sin embargo la impresión de que esas emociones derivan del hecho de que toda la discusión está politizada, no de una genuina preocupación por la vida humana.

Un caso clásico de “lo que se ve y lo que no se ve”

La postura de laissez faire en problemas medioambientales sufre de un defecto de imagen serio y bastante imposible de tratar: no da respuestas fáciles ni recetas bien calculadas. Un estatista proporcionará una respuesta detallada y minuciosa con un gráfico, un cálculo de la reducción de emisiones y una prescripción clara y firme de intervención pública. El no intervencionista, no. Diremos que confiamos en la misma innovación que ha mejorado continuamente los niveles de vida durante siglos. Que confiamos en que la mente humana pueda abrirse paso a través de varias trampas maltusianas, algo que nace de la experiencia histórica, y que la experiencia sugiere que podemos (con las grandes inversiones correspondientes) crear el nivel tecnológico que necesitamos adoptar. Por el contrario, esa experiencia no cuenta con ningún éxito de planes globales de controlar la economía global.

A la vista de esto, el intervencionismo no solo no es ético, sino también ineficiente. En una discusión pública esta postura perdería, ya que solo podemos repetir con Hayek que no sabemos qué hacer y que es imposible que ninguna persona lo sepa:

Es a través de los esfuerzos mutuamente ajustados de muchas personas como se utiliza más conocimiento del que posee un individuo o del que es posible sintetizar intelectualmente y es a través de dicha utilización del conocimiento disperso como se hacen posibles los logros, mayores de lo que pueda prever cualquier mente individual. Es porque la libertad significa la renuncia al control directo de los esfuerzos individuales por lo que una sociedad libre puede hacer uso de mucho más conocimiento del que pueda abarcar la mente del gobernante más sabio.

Para un oyente medio de dicho debate, sería una decisión entre “No sé” y “He calculado todo, sé lo que debería hacer el gobierno e incluso tengo una foto de una foca triste para conmoverte”. No sorprende que la libertad pierda la batalla de la publicidad.

Y aun así, lo que suena poco convincente delante una televisión, funciona mucho mejor en la vida real. Lo que necesitamos es progreso tecnológico en el sector de la energía y en los métodos de almacenamiento y reducción de desperdicios. ¿Sería posible ese progreso en un país rico o en un país pobre? ¿Cómo crear nuevas tecnologías más eficientemente y luego hacerlas ampliamente asequibles y accesibles?

Por eso la respuesta a cuál debería ser el papel deseable del gobierno con respecto al calentamiento global es el tema de otro ensayo clásico de Bastiat. Estoy seguro de que el control de las emisiones de dióxido de carbono habría sido el último capítulo de “Lo que se ve y lo que no se ve” si hubiera vivido en nuestros tiempos para ser testigo de ello.

Evidentemente, es directo calcular el cambio esperado de temperaturas con ciertas restricciones. Será beneficioso para el medio ambiente a corto plazo, es lo que se ve. ¿Pero como afectarían esas restricciones a los precios de los recursos estratégicos, el transporte y la vida en general? ¿No dañarían las inversiones a largo plazo en investigación avanzada y desarrollo, es decir, en la única solución a largo plazo para el problema? ¿Qué pasa así, por dar un ejemplo, una empresa que estudia plantas baratas de energía nuclear que también extraen dióxido de carbono de la atmósfera va a la quiebra? ¿Qué pasa si ocurre eso con otras iniciativas similares?

¿Diréis “sí” a la civilización?

Las sociedades pobres no se pueden permitir preocuparse por el medio ambiente. No pueden permitirse investigación y desarrollo. El gobierno quiere que la gente crea que es el único medio de tratar problemas ecológicos. Pero con el estado solo podemos contar con que usará cualquier nuevo poder como un medio de control y, a largo plazo, para empobrecer sociedades y bloquear el progreso de la civilización. Se nos dice que debemos elegir entre la libertad de los seres humanos y la libertad de los osos polares, convenciéndonos de que se compensan entre sí, cuando en realidad puede que no sea así en absoluto. (Omito aquí la discusión sobre si la protección del oso polar debería estar sometida al derecho o a la ética).

En este caso los estatistas piensan de una manera muy estrecha, sin ver lo dinámica que es nuestra civilización. No hace mucho no podíamos imaginar tener internet o vuelos comerciales. ¿Por qué estamos entonces tan seguros de que en los próximos 50 años no conseguiremos una manera limpia, barata y eficiente de obtener energía solar o un procedimiento rutinario y barato de reducir partículas de dióxido de carbono a carbono y oxígeno? La suposición de que esto no ocurrirá y de que, si ocurre, será por coacción estatal, solo ralentiza este progreso. Y profundizando en este supuesto se acabaría llegando a una creación de un monstruo totalitario que controlaría no solo nuestro uso de energía, sino también las tasas de natalidad o el consumo de carne. ¡Qué inmoral y terrible sería la reducción de un ser humano bajo esas condiciones inhumanas! ¿Y cómo podríamos escapar de una trampa maltusiana mientras somos atrapados por el estado?

Y si alguien, cualquiera afirma que “el capitalismo destruye la tierra”, muéstrale cualquier mapa de contaminación o catástrofes ecológicas. Hablan por sí mismos.


El artículo original se encuentra aquí.

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El New York Times y la “causa perdida” del bolchevismo, por Mises Hispano.

Hace un siglo, la revolución bolchevique en Rusia y dio paso a un siglo de asesinatos masivos, hambrunas, ejecución sumaria de millones de personas, destrucción de antiguas instituciones sociales, guerras, una vasta red de campos de la muerte y eliminación de la libertad, al mismo tiempo, en un tercio del planeta.

Según el New York Times, deberíamos lamentar el fin de esta era y todas sus promesas de una mejor vida para todos.

Habéis leído bien.

Durante los últimos meses anteriores al centenario del momento en que los seguidores de Lenin y Trotsky derrocaron el gobierno provisional de Rusia y establecieron “todo el poder para los sóviets”, el Times ha publicado una serie de artículos de opinión de personas que en su mayoría lloran por la “causa perdida” del comunismo y todas sus promesas. Hemos aprendido que los bolcheviques fueron padres maravillosos, que las mujeres bajo el comunismo tenían un sexo magnífico, que Mao liberó a las mujeres (cuando no las estaba asesinando), que el bolchevismo promovía un medio ambiente prístino y limpio y que todos deberíamos ser comunistas si queremos pureza medioambiental (salvo por el hecho de que el bloque comunista tenía problemas de contaminación mucho peores que en el llamado Occidente capitalista contaminado) y que el fervor revolucionario del comunismo puede llevar a un glorioso futuro socialista.

Al ir leyendo estos artículos, queda claro que para el NYT el fin del comunismo como lo conocemos (excepto algunos remansos como Corea del Norte y Cuba) realmente fue el fin de una esperanza en una vida mejor, el fin de la esperanza de la liberación frente a la esclavitud del capitalismo y el fin de la esperanza de que el estado pudiera destruir por la fuerza instituciones humanas que van del matrimonio a la religión y remplazarlas con paz, amor y fraternidad. Por muy poco.

Si hubiera un tema común en estas odas a las glorias del bolchevismo, parecería que el mundo hubiera perdido la oportunidad instalar el paraíso. Que esos grandes Guardianes del Secreto continuaran muriendo antes de poder compartir su gran sabiduría con el resto de la humanidad. Oh, si los alemanes reaccionarios no hubieran matado a Rosa Luxemburgo 1919, pues ella sabía cómo hacer que funcionara el socialismo. Si Trotski hubiera triunfado en lugar de Stalin en la década de 1920. Si Lenin no hubiera muerto prematuramente por complicaciones de un ictus. Si Mao no hubiera contraído ELA y muerto. Y así sucesivamente.

Dado el apoyo casi acrítico que ha dado históricamente el NYT a dictadores comunistas, desde su deliberada ocultación de la infame hambruna en Ucrania en la década de 1930 y su blanqueamiento de los juicios de Moscú en esa misma década a su casi adoración a Mao en China y a Castro en Cuba, se llega a entender que los editores de ese periódico ahora consideren al comunismo como una gran “causa perdida”, una oportunidad para la humanidad para mejorar sus lamentables condiciones, que desapareció porque la Gran Plebe quería teléfonos móviles, automóviles rápidos, buena comida y, sí, libertad en lugar de adoptar la liberación intelectual y espiritual que ofrecía el comunismo.

Los periodistas estadounidenses no temen atacar la interpretación de la “causa perdida” de la Guerra de Secesión estadounidense. El sur dependía fuertemente de los esclavos negros, buscaba la secesión para continuar con esa institución condenada y todos sus combatientes fueron traidores, o al menos así es como interpretan los periodistas modernos esa guerra. El que los horrores de Jim Crow y su consiguiente violencia aparecieron solo después de que los políticos sureños adoptarán la religión secular norteña conocida como progresismo se esconde en el mismo agujero orwelliano de la memoria en el que el NYT y sus seguidores en la universidad y los medios han escondido la orgía sin precedentes de muerte y esclavitud que fue el bolchevismo y sus secuelas.

No deberíamos olvidar que el NYT ha apoyado casi todo movimiento totalitario salvo el nazismo y ninguna persona respetable quiere apoyar de todas maneras a Adolf Hitler. Con respecto al socialismo, ¿qué régimen socialista o comunista no ha apoyado el NYT y su banda de aliados académicos y periodísticos, al menos al principio? Apoyó a Hugo Chávez en Venezuela, Daniel Ortega en Nicaragua y, durante un tiempo, incluso a Pol Pot en Camboya. Siempre declaraba que la misma idea del socialismo se basaba en la justicia, así que incluso si fallaba el experimento comunista real, sin embargo, el amor por la justicia obligaba a que la gente sensata lo apoyara de todas maneras.

Al comparar la nostalgia que tiene el NYT hacia los regímenes comunistas caídos con la visión de la vieja “causa perdida” de la Guerra de Secesión, hay una enorme diferencia entre ambas. Con respecto a la primera, el NYT y sus aliados ideológicos no dudan en afirmar que es necesaria al menos alguna violencia para lograr la utopía o, por citar al corresponsal del NYT de Moscú durante los años de Stalin, Walter Duranty, “no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos”.

En ese sentido, el aliado político del NYT en Gran Bretaña, el Partido Laborista, no solo rechaza condenar el siglo de violencia y baños de sangre que fue el comunismo, sino que sus líderes han celebrado abiertamente la revolución bolchevique con toda su sangre y caos. Pero a pesar de toda la palabrería sobre la “causa perdida” con respecto a la secesión y el Sur, nadie que hoy defienda al Sur defiende también la esclavitud. Por el contrario, la mayoría la gente que defendería la secesión también diría que la esclavitud no solo era inmoral, sino asimismo que no era un sistema económico viable y que habría terminado pronto.

No se puede decir eso acerca de los defensores del socialismo. En el mejor de los casos, pueden afirmar que la violencia que ha acompañado la implantación del socialismo revolucionario es sencillamente un error innecesario, como si un régimen pudiera expropiar propiedades, cerrar iglesias, confiscar bienes y hacerlo todo sin violencia con el rostro alegre. Sin embargo, como señalaba el veterano Tibor Machan hace más de tres décadas, implementar Marx requiere un Stalin.

Hoy vemos el socialismo de rostro alegre en la persona de Bernie Sanders, que afirma que quiere sencillamente un socialismo amable en el que no haya pobreza… ni estado policial. Sin embargo, Sanders ha pasado la mayor parte de sus años políticos formativos definiéndose como un trotskista, y si alguien se identifica con León Trotski, debe también identificarse con los métodos que implantó ese hombre.

Igualmente, los articulistas del New York Times se permiten añorar los supuestos ideales puro del comunismo, pero luego apartan la vista ante los cuerpos de los millones de muertos que dejaron atrás los líderes comunistas. Si la implantación de un principio organizativo genera una hambruna masiva, enormes campos de prisioneros y muerte y destrucción, probablemente sea seguro decir que el propio principio organizativo original está moralmente arruinado. Es algo que dudo que el NYT y sus colegas lleguen entender alguna vez.

 

El artículo original se encuentra aquí.

 

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¿Es la economía china un tigre de papel?

from Fernando Díaz Villanueva https://www.youtube.com/watch?v=-mkDJkdKwRY




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